La Semana Santa en Gaza ha comenzado en el recinto de la parroquia católica de la Sagrada Familia, rodeada por una guerra persistente y graves penurias. Según explicó el padre Gabriel Romanelli a la fundación pontificia Ayuda a la Iglesia Necesitada Perú (ACN), la comunidad tiene la intención de celebrar la Pascua con fervor, impulsada por una profunda oración por la paz en todo Oriente Próximo. Aunque los bombardeos continúan y la seguridad es incierta, la parroquia ha preparado la liturgia completa con la ayuda de los monaguillos.
Una liturgia viva en medio de la adversidad
El desarrollo de las celebraciones se evalúa día tras día para garantizar la seguridad de los fieles. El pasado Domingo de Ramos, la procesión pudo celebrarse al aire libre en el patio de la parroquia a pesar de la lluvia, los disparos cercanos y la metralla que cayó sobre el tejado.
Para el padre Gabriel, lo esencial de esta Semana Santa en Gaza trasciende lo material:
“Se trata ante todo de recordar a Jesús, su dolor y su amor redentor, para que también nosotros ofrezcamos nuestros sufrimientos por la redención de todos y por la paz en Gaza, en Jerusalén, en toda Palestina, en Israel, en el Líbano, en Irán, en los países del Golfo y en todo Oriente Próximo”.
El costo humano durante la Semana Santa en Gaza
La comunidad cristiana de Gaza ha pagado un precio altísimo: cerca del 6% de sus miembros (60 personas) han perdido la vida durante el conflicto. De estas víctimas, 23 fallecieron por bombardeos o francotiradores, otras 23 por falta de atención médica y 14 debido a las precarias condiciones agravadas por la guerra. Durante el Triduo Pascual, la parroquia realizará una procesión fúnebre hacia el cementerio local para recordar a todos los fallecidos.
Signos de resurrección y reconstrucción
A pesar de la escasez, la parroquia busca mantener la alegría pascual distribuyendo agua bendita y algunos bombones conseguidos “a cualquier precio”. Actualmente, muchos desplazados han comenzado a abandonar el recinto parroquial para intentar reconstruir sus vidas en lo que queda de sus hogares o en viviendas alquiladas.
Este movimiento ha permitido que la escuela de la parroquia recupere espacio para acoger nuevamente a alumnos musulmanes, manteniendo su misión de servicio educativo. El padre Gabriel concluye con un llamado a la esperanza y la apertura de fronteras para el ingreso de ayuda humanitaria.
